El poder de la diaspora puertorriqueña
Siempre escuché que irte de Puerto Rico te hace menos puertorriqueña. Que la distancia diluye la identidad. Que mientras más tiempo pasas fuera, más te alejas de lo que eres, y que para ser verdaderamente puertorriqueña tienes que estar físicamente en la isla. Cuando me fui de Puerto Rico, por un momento pensé que quizás era verdad. De hecho, casi empecé a resentirlo. Me fui buscando espacio, independencia y la posibilidad de construir una vida que no estuviera constantemente definida por sobrevivir, y durante los primeros meses sentí una mezcla extraña de alivio y rechazo. Estaba cansada de muchas cosas. Cansada de las limitaciones, de tener que luchar contra sistemas que complican algo tan sencillo como simplemente ser. Por un tiempo, pensé que quizás para poder progresar tenía que separarme de Puerto Rico. Que quizás tenía que convertirme en otra persona para poder construir la vida que quería.
Pero meses después entendí algo mucho más incómodo: no estaba en mí abandonar quién soy. Podía irme, pero no podía dejar a Puerto Rico atrás. Y tampoco quería hacerlo. Porque incluso viviendo en Madrid, Puerto Rico empezó a ocupar una cantidad absurda de mis pensamientos. La playa, la comida, las montañas, el cantar del gallo, el coquí, mi niñez, la luz, la oscuridad, el calor, la lluvia, el pasado, el presente y el futuro. Puerto Rico aparecía en lugares donde no lo estaba buscando. Aparecía cuando escuchaba una canción, cuando cocinaba, cuando hablaba con alguien con otro acento, cuando me preguntaban por qué me fui. Aparecía en mi manera de hablar, de relacionarme, de mirar el mundo. Poco a poco entendí que yo no existía sin Puerto Rico. No había una versión de mí que pudiera separarse completamente de la isla.
Entonces empecé a cuestionar la idea de que irme me hacía menos puertorriqueña. ¿Me hace menos puertorriqueña buscar en Madrid el espacio y el ambiente necesarios para poder pensar en otra cosa que no fuera “¿cuándo vuelve la luz?”? ¿Me hace menos puertorriqueña llevar a Puerto Rico conmigo a lugares donde antes no estaba? ¿Representarnos en nuevos espacios, contar nuestras historias, compartir nuestra cultura y demostrar que también pertenecemos en reuniones internacionales, académicas y profesionales siendo de la isla? ¿Me hace menos puertorriqueña querer vivir cómodamente, viajar, estudiar, crear y tener una vida que no esté definida por la lucha? Si estar físicamente en la isla es lo que determina cuánto de Puerto Rico llevamos dentro, entonces, ¿qué hacemos con una diáspora que ha pasado generaciones enteras manteniendo vivo al país desde lejos?
Quizás hemos confundido distancia geográfica con distancia cultural. Porque hay algo que ocurre cuando te vas: empiezas a ver tu país desde afuera. Al principio lo extrañas. Después lo comparas. Y eventualmente empiezas a verlo con una claridad que quizás era imposible cuando estabas dentro de él. Vivir en Madrid me enseñó que muchas cosas que yo pensaba que eran simplemente “la vida” eran, en realidad, decisiones. Que existen ciudades donde caminar es parte de la vida cotidiana, donde puedes salir de tu casa sin tener que decidir exactamente a dónde vas, donde puedes terminar en una plaza, sentarte en un parque, entrar a un café, conocer a un extraño o simplemente caminar. Y cuando vuelves a Puerto Rico después de experimentar eso, empiezas a preguntarte: ¿por qué nosotros no? No porque Madrid sea perfecto. No porque quiera convertir a Puerto Rico en Madrid. Los puertorriqueños somos expertos en convertir cualquier espacio en un lugar para comer, bailar, celebrar y crear comunidad. Creamos vida incluso cuando el ambiente no necesariamente la facilita. Y quizás por eso el legado de Puerto Rico se siente tan místico; es mucho más grande que las estructuras que lo contienen.
Puerto Rico es más grande que sus carreteras, sus edificios, sus instituciones y su economía. Algo que se replica especialmente cuando estamos lejos. Está en una canción, en una receta, en una palabra, en un abrazo, en una memoria. Está en la persona que se fue hace veinte años y todavía cocina como cocinaba su abuela, en quien se rehúsa a perder su acento, está en quien nace en Nueva York pero aprende a bailar plena. Está en quien vive en Madrid y, cuando alguien le pregunta de dónde es, empieza a explicar Puerto Rico como si estuviera describiendo una parte de su propio cuerpo. Hay algo de nuestra identidad que no necesita permiso para existir. Quizás entonces el decir “no me quiero ir de aquí” se refiere al miedo a que nos quiten la identidad.
Y quizás esa es una de las cosas más poderosas de la diáspora; la distancia también puede convertirse en perspectiva. Nos vamos, conocemos otras formas de vivir, aprendemos otras maneras de construir ciudades, comunidades, carreras y vidas, y descubrimos que muchas de las cosas que normalizamos no son inevitables. Regresamos con preguntas que quizás no habríamos sabido formular antes. ¿Por qué hemos creado un ambiente tan hostil para algo tan místico? Quizás la verdadera pregunta no debería ser “¿por qué te fuiste?”. Quizás deberíamos preguntarnos qué tendría que cambiar para que irse fuera una opción y no una necesidad. Qué tendría que cambiar para que una persona pudiera quedarse porque realmente quiere quedarse, no porque no tuvo otra opción. Qué tendría que cambiar para que Puerto Rico no fuera solamente un lugar que amamos, recordamos y defendemos, sino un lugar donde también pudiéramos construir una vida que nos guste.
No quiero escoger entre Puerto Rico y una buena calidad de vida. No quiero que la diáspora sea vista como una traición cuando, en realidad, somos una extensión de Puerto Rico. Nos vamos, pero llevamos el legado con nosotros. Quizás ese es el verdadero poder de vivir en la diáspora; descubrir que la identidad no siempre se fortalece estando cerca. A veces necesitas suficiente distancia para entender cuánto de ti viene de un lugar y, sobre todo, para empezar a preguntarte qué podría llegar a ser ese lugar. Puerto Rico no termina cuando nos vamos. Puerto Rico viaja con nosotros. Y quizás algún día podamos construir un Puerto Rico que sea tan bueno para vivir como lo es para recordar.